Una paradoja incómoda: más energía, menos valor

Costa Rica acaba de cerrar su principal congreso de energía bajo una consigna que vale la pena tomar en serio: el entorno disruptivo exige decisiones. Se debatió durante una jornada entera de tecnología, mercados y regulación, en medio de dos inquietudes que hoy todos sentimos: un aumento tarifario anunciado para 2027 y la duda, cada vez más presente, de si habrá suficiente energía para lo que viene —desde la electrificación de la industria y el transporte hasta la llegada de los centros de datos y la inteligencia artificial—. Y ahí, sin que nadie la formule en voz alta, asoma una paradoja incómoda: el país más renovable de la región está preocupado por su energía y pagando más por ella. Tenemos más generación limpia que nunca, más barata que nunca, y aun así sentimos que la electricidad se encarece y podría escasear. Algo no cuadra.

La explicación es más simple de lo que parece, y a la vez más profunda. Cuando un recurso se vuelve abundante y barato, su valor marginal cae. Si muchas plantas producen lo mismo, a la misma hora, con un costo variable cercano a cero, cada unidad adicional de energía vale menos que la anterior. La abundancia erosiona su propio precio. Lo que estamos presenciando no es que la energía deje de importar, sino que la energía indiferenciada —un kilovatio-hora cualquiera, en cualquier momento, en cualquier lugar— está dejando de ser el recurso escaso. Y el valor, en economía, siempre vive en la escasez, no en la abundancia.

Por eso las dos inquietudes del momento, que parecen opuestas —una dice que la energía cuesta demasiado, la otra que podría faltar—, son en realidad la misma cosa vista desde dos ángulos. En ninguna de las dos el problema es la cantidad de generación. El problema es cuándo, dónde y con cuánta firmeza esa energía está disponible. Ese es el desplazamiento que conviene entender, porque lo cambia todo.

De un sustantivo a tres adjetivos

Si el valor abandonó al kilovatio-hora genérico, ¿a dónde se fue? No desapareció: se mudó. Migró desde el sustantivo —la energía— hacia los adjetivos que la describen. Ya no basta preguntar cuánta energía hay. Las preguntas que ahora determinan el valor son tres.

La primera es *cuándo*. La energía disponible a las siete de la noche no vale lo mismo que la de mediodía; la de la estación seca no vale lo mismo que la de la estación lluviosa. El tiempo dejó de ser un detalle y se volvió parte del precio.

La segunda es *dónde*. La energía que la red puede efectivamente entregar en el punto donde se necesita vale más que la energía atrapada detrás de una línea congestionada. La ubicación dejó de ser un dato técnico y se volvió económica.

La tercera, y la más importante, es *cuán firme*. Aquí conviene detenerse a nombrar dos conceptos que serán el eje de todo lo que sigue. Llamaremos firmeza a la capacidad de garantizar energía en el momento y el lugar comprometidos, con independencia de si el sol brilla o el embalse está bajo. Y llamaremos flexibilidad a la capacidad de mover el consumo o la generación en el tiempo y de responder a lo que el sistema necesita en cada instante. Firmeza y flexibilidad no son energía: son atributos de la energía. Y son, precisamente, lo que se ha vuelto escaso.

Pero nuestro sistema es hidroeléctrico: ¿aplica igual?

Aquí es honesto anticipar una objeción, porque Costa Rica no es California. En sistemas dominados por energía solar, el problema clásico es la caída brusca de generación al atardecer, y la respuesta obvia son las baterías. Nuestro sistema, en cambio, es mayoritariamente hidroeléctrico, y los embalses ya ofrecen buena parte de esa flexibilidad de forma natural. Sería un error copiar sin más el diagnóstico de otras latitudes.

Y sin embargo, la inversión del valor se manifiesta igual, solo que en otros lugares. Se manifiesta de forma estacional, porque la dependencia hídrica convierte la firmeza de la estación seca en el recurso realmente escaso. Se manifiesta de forma local, porque el crecimiento de la carga industrial, la electrificación del transporte y la generación distribuida crean congestión y problemas de calidad en los circuitos de distribución que el sistema nacional, visto desde arriba, no alcanza a percibir. Y se manifiesta detrás del medidor, donde para un gran consumidor la firmeza —la continuidad, la resiliencia, la reducción de los cargos por demanda— ya tiene un valor concreto y se paga hoy, sin necesidad de esperar ninguna reforma.

Dicho de otro modo: en Costa Rica, la mudanza del valor aparece primero en lo local y en lo que ocurre detrás del medidor, mucho antes que como un fenómeno del sistema en su conjunto. Quien lo lea a tiempo, lo verá antes que el mercado.

Qué cambia para quien invierte

Si el valor ya no vive en la cantidad de energía sino en su firmeza, su ubicación y su oportunidad, entonces la tesis de inversión cambia de raíz. Uno deja de comprar "megavatios" y empieza a comprar la capacidad de entregar el atributo correcto, en el nodo correcto, en el momento correcto. Una batería deja de valuarse solo contra el arbitraje de precios y pasa a valuarse contra la restricción que resuelve —y muchas veces el valor de resolver esa restricción supera con holgura al del arbitraje. Un activo distribuido vale según dónde está y qué firmeza aporta, no según cuántos kilovatios-hora produce en abstracto.

Es un cambio de mentalidad tan grande como el que trajo, en su momento, pasar de vender un producto a vender un servicio. El activo sigue siendo físico; lo que se comercializa es el atributo.

La pregunta que se abre

Aceptar que lo escaso y valioso es hoy la firmeza y la flexibilidad, y no la generación en bruto, no cierra el problema: lo abre. Porque estos atributos son reales, pero no son automáticamente un ingreso. La firmeza que una batería o una carga flexible pueden aportar solo se convierte en valor económico cuando alguien la reconoce, la contrata y la transforma en un flujo que se pueda cobrar —y que un inversionista institucional pueda financiar.

Esa traducción, de un atributo energético a un flujo bancable, es el verdadero trabajo de la transición. No la hará la tecnología por sí sola, ni una ley por sí sola: la hará quien sepa organizar ese atributo dentro de una estructura capaz de contratarlo, gobernarlo y sostenerlo en el tiempo. De cómo se realiza esa traducción —del excedente operativo al flujo contratado, y de ahí al activo bancable— se ocupa el resto de esta biblioteca.

El entorno disruptivo, en efecto, exige decisiones. Pero las que de verdad importan no serán sobre producir más energía, sino sobre quién reconoce, contrata y financia su firmeza. La transición no se ganará generando más: se ganará aprendiendo a valorar —y a financiar— lo que se volvió escaso.